EL INVIERNO DE KAILA


En esta ocasión no voy a publicar ningún texto de denuncia ni de opinión ni informativo. En esta ocasión quiero compartir esta pequeña historia que escribí hace tiempo. Por una vez, vamos a dejarnos llevar por la imaginación y por los aires invernales sin más ánimo que el de compartir un relato sobre solidaridad y generosidad, cualidades a veces difíciles de encontrar en nuestro atareado día a día. Para vosotros.

EL INVIERNO DE KAILA

Kaila era una gata callejera, llevaba viviendo en la calle toda su vida, soportando el frío, el calor, el hambre, el miedo… Era diciembre, hacía mucho frío, empezaban a caer copos de nieve sobre la ciudad, y Kaila intentaba buscar por los jardines de las casas del barrio un refugio más calentito para su hijito. Mientras buscaba, el pequeño gatito salió de su escondite, se alejó y se perdió, y se encontró de repente solo, en medio de la calle, aterrorizado.

  • Mami?? Mami!!

Dos hermanitos que salían de clase y regresaban a casa en ese momento, oyeron al gatito solo y desamparado y corrieron hacia él. Lo envolvieron en una bufanda y corrieron a casa con el pequeño que no paraba de maullar.

Kaila volvió al escondite donde creía que estaba su cachorro para descubrir ¡que no estaba!. Empezó a llamarlo, a buscarlo por las cercanías, desesperada, pero no lo encontraba. Andó toda la noche por las calles, subió a los tejados, siguió andando, la nevada era cada vez más intensa, el viento frío la hacía retroceder, hasta que agotada y triste volvió al refugio vacío, y lloró por su pequeño.

  • Con este frío morirá seguro.. mi pequeño… – se lamentaba.

A la mañana siguiente, Kaila siguió buscando a su hijito desesperadamente, hasta que la casualidad la llevó frente a la casa donde vivían los dos hermanitos que habían recogido al pequeño. De repente, Kaila se detuvo : había olido a su pequeño. Empezó a dar vueltas a la casa, intentando encontrar una ventana o cualquier hueco por donde poder entrar y recuperar a su hijito, pero estaba todo cerrado. Se quedó en el jardín y esperó, y esperó, sin saber qué hacer. Cada vez que pasaba alguien, se asustaba y se escondía, todos los ruidos la asustaban, pero no podía moverse de allí, sabía que su gatito estaba cerca, muy cerca, y pasaron los días sin que Kaila supiera qué hacer ni cómo entrar, viviendo escondida entre los arbustos del jardín de la casa.

Llegó el día de Navidad, la casa se iluminó con hermosas luces, un árbol gigantesco de colores adornaba la entrada. Kaila seguía en el jardín agazapada, intentando no sucumbir al crudo frío del invierno y sin moverse de allí. De repente miró hacia una ventana iluminada y ¡lo vio! ¡Vio a su gatito mirando hacia el jardín! El cachorrito se puso a maullar, también la había visto…. Un humano se acercó a la ventana, cogió el cachorrito y lo abrazó… Kaila entendió en aquel instante que su hijito estaba mucho mejor allí que en la calle, donde estaba ella, temblando de frío. Decidió retirarse de allí, irse ya para siempre y dejar a su hijito con aquellas personas que le estaban dando calor y cariño. Cuando ya marchaba, empezaron a llegar humanos, y una de las veces que se abrió la puerta, el cachorrito aprovechó la ocasión, salió veloz de la casa y corrió hacia donde estaba su madre, abrazándose a ella. Kaila empezó a llorar y a lamer a su cachorro hasta que llegaron los humanos, se asustó y se quedó paralizada en un rincón, temiendo que otra vez se llevaran a su cachorrito pero sabiendo que era lo mejor para él. Los humanos se miraban entre ellos sin entender nada, viendo al gatito abrazado a una asustada y temblorosa gata callejera.

Kaila dejó de lamer a su cachorrito y suavemente con su hocico le empujó hacia los humanos. Los niños cogieron al gatito y entraron de nuevo con él en la casa. Los humanos parlamentaban entre sí, y poco a poco fueron entrando también en el hogar. Uno de los humanos se acercó a ella, pero Kaila, asustada, retrocedió.

Los humanos volvieron finalmente al hogar, pero el último de ellos la miró, le susurró una palabras amables y dejó la puerta abierta. Kaila, sola de nuevo en el jardín, miró hacia la puerta. Tímidamente se acercó y se asomó al portal… a través de la puerta abierta veía a su pequeño frente al calor de la chimenea, oía risas y voces alegres, olía aromas que nunca antes había olido… y el calor que emanaba la chimenea era muy, muy agradable.

Una de las humanas la llamó :

  • Ven, bonita, entra…

Kaila dudó. Tenía miedo, pero finalmente entró, se dirigió lentamente hacia el calor de la chimenea, donde estaba su pequeño encima de una cálida manta, y se tumbó a su lado. Los humanos cerraron la puerta y el frío del invierno quedó atrás… El gatito lamió a Kaila, los humanos se acercaron a ella y acariciaron su cabeza, el calor del hogar la abrazó, Kaila lloró y supo en aquel momento que por fin había conocido la felicidad de sentirse segura, de poder amar y de sentirse amada y respetada.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s